La neblina enturbiaba mi cerebro impidiéndome pensar o que decir. La calle era silenciosa a esas horas de la tarde y su respiración lenta y acompasada me inspiraba confianza, pero las palabras no salían por mi boca, el dolor me impedía respirar y las lágrimas no dejaban paso a mi voz. Me miró de arriba a bajo buscando mi herida, no la encontró. Seguimos andando en el silencio, ambos cómodos, para nosotros las palabras sobraban.
-¿Estás bien?
-La realidad se echado sobre mí, no espero estar mejor.
No hay comentarios:
Publicar un comentario