Sweet paradise of freedom

jueves, 4 de octubre de 2012

Francia 1860


El vestido era demasiado claro en contraste con mi piel clara, pero mi madre se a había empeñado en ese color, en cambio los zapatos me parecían maravillosos, los tacones altos hacían un ruido que me acompañaba a cada paso, antes de adentrarme en la sala de altas lámparas y música clásica respiré tres veces profundamente.

Cuando salí de la habitación noté cada mirada de los hombre de esa sala puesta en mí, en mi vestido, en mi pecho, pero solo uno en mi cara y en mis ojos. Bajé las escaleras, despacio saboreando cada mirada que se posaba en mí, la de las mujeres envidiosas y la de los hombres desesperados. E de admitir que uno de ellos era apuesto, elegante, mirada penetrante y un pelo largo para lo normal de esa época, tenía unos ojos oscuros, marrones, pequeños y una boca echa a medida para mí. Recuerdo que me quedé parada en la escalera mirándole, vi que se daba la vuelta y agarraba una copa de Champangue, sentí una sensación que se apoderó de mi enseguida, una chispa se había encendido dentro de mí y mi instinto me llevó a aquella mesa a beber ese típico champangue, nos miramos mucho rato, empecé a hablar yo, juguetona intentado parecer coqueta, pero conseguí el efecto contrario, me sorprendió la voz de él, creía que sería ruda, áspera pero fue todo lo contrario, dulce muy dulce, mis oídos se deleitaban escuchándola.

Hablamos durante horas y al final de esa velada tan interesante acabamos en el balcón del penúltimo piso, allí nos besamos apasionadamente y después nos quedamos abrazados, yo inhalando su olor para memorizarlo en mi corazón, de repente la atmósfera cambió, las campanas del toque de queda llenaron el aire y la gente con miedo salía corriendo, unas manos agarraron a aquel chico, pero el mostrando valentía se escapó y tomo mi mano. Abajo me esperaba un carruaje que supe que era para mí antes de que gritarán mi nombre, me miré el vestido y luego a él, su cara demostraba decepción pero me soltó la mano, yo la agarré y le besé antes de irme, cuando me subí al carro noté la mirada de mi madre posada en mi tripa y en mi vestido, pero yo ignorando aquel gesto, volví la cabeza y miré a tras, pero el carro en seguida se perdió en una esquina y mi camino me llevo al centro de Hungría.

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