Sweet paradise of freedom

sábado, 4 de agosto de 2012

Vidas I

El olor a alcohol, a productos químicos y a desinfectante inundaba el aire, cada vez que cogía aire le quemaba a la nariz, los pasos resonaban en el pasillo vacío, se dirigía a la tercera planta hoy le tocaba la ronda en esa planta, la puerta que daba a la zona correspondida siempre se atascaba y ella cansada del mismo juego de siempre, puso los ojos en blanco y le dio una fuerte patada a la puerta. hoy no era su día y ya bastante le habían tocado la moral. Llegó a la habitación 301 y una tos característica le dio la bienvenida como cada noche una sonrisa cruzó su rostro.
-Buenas noches Don Díaz ¿como está esta noche?- su voz sonó dulce y tranquila.
-Buenas, por aquí tirando ¿como está mi enfermera favorita?- su voz era ronca y profunda.
-Bien, gracias, es tese quieto que tengo que ponerle la inyección.
El hombre se dio la vuelta dejando a la enfermera la parte posterior de su brazo,cuando ella metió la aguja un respingo salió de la boca del enfermo.
-Siento haberle echo daño, no era mi intención- la aguja se movió dentro de la carne del hombre y la sacó lentamente.
-Nada no se preocupe, lo haces mejor que la enfermera nueva que ha llegado- y una risa franca salió de su garganta.
-No debería reírse tanto, cuide su garganta.
-Nadie me puede impedir reír.
-Hasta dentro de dos días.
-Hasta luego.
Hablar con ese hombre siempre la ponía de buen humor, era un hombre de edad avanzada, bonachón, con una barriga pronunciada, ojos azules, pelo blanco y siempre riendo, ella que no tenía una vida amorosa  y social muy buena, se entregaba a los pacientes emocionalmente mucho y se implicaba con ellos tanto, llegando incluso a llorar sus penas. Ahora tocaba la habitación 303 ya que hoy tocaba las impares y mañana las pares. La siguiente habitación olía diferente a las demás, a rosas y a romero, siempre había flores en aquella estrecha habitación, llevada por sus hijos y cuidada por su marido la señora que se encontraba en esa habitación siempre sonreía incluso cuando la diagnosticaron cáncer de hígado dijo" me pongo a su disposición al fin y al cabo algún día tenía que llegar mi hora si la cosa se tuerce" y empezó a reírse, esa señora siempre risueña la enseñó que al buen tiempo buena cara y que ante los problemas sonríe y da le una lección a la vida, a ella le debía su forma de ser, llevaba allí casi cinco meses y casa vez que ella entraba le contaba que iba a hacer cuando saliera de allí, aún guardaba la esperanza de salir de allí con vida.
-Hola, buenas ¿como se encuentra hoy?-Ahora la voz de ella se volvió un poco más precavida.
-Como siempre, y..¿tú que tal hoy?
-Bien, tranquila, voy a cambiarla el bote y apuntar la medicación de hoy.
-Como quieras- soltó una carcajada- hoy estaba pensando que en cuanto salga de aquí, me pienso comer un helado gigante de chocolate y menta.
-Me gusta el chocolate...- y una carcajada cortó la atmósfera, de repente su marido un hombre alto con un bigote muy poblado de color negro azabache entró en la habitación y saludó con una voz animosa a la enfermera castaña.
-Buenas, hacía mucho tiempo que no te veía, ¿como está?
-Muy bien, gracias, debería decirle a su mujer que tenga más cuidado con sus salidas nocturnas.
-Lo haré y tome- le tendió una rosa blanca- se que son sus favoritas y gracias por estos cinco meses.
-De nada, lo prefiero a mi piso.
-Ya me gustaría verlo a mí- y empezó a reír estridentemente.
-Me voy, hasta luego y cuiden se.
La siguiente habitación era la de una chica joven, veintidós años, esta no era como los otros dos ancianos que había visitado, esta era más triste, más retraída, mirada perdida, pelo largo y liso rubio, delgada y pálida, pero esa chica también le había enseñado algo, la literatura, siempre que estaba a su habitación lo primero que veía era una pila de libros y a ella siempre con uno en la mano. Antes de entrar en su habitación llamó suave a la puerta y la joven sonrió tristemente.
-Puede pasar, adelante y no hace falta que llame.
-Se hace por educación.
-¿Te gusto el libro que te recomendé?
-Me encantó de verdad, te lo traigo mañana hoy e salido con prisa.
-Aún me queda para largo, no tengo prisa.
-Gracias y te diré algo confidencial, los médicos me han dicho que si sigues así pronto saldrás de aquí.
-¿Enserio?- y su mirada triste se llenó con esperanza, por eso la enfermera seguía viviendo por lo pacientes, por esos momentos que la llegaban hasta lo más profundo de su alma, ella no tenía apenas vida social y amorosa ya no le interesaba de momento, hacía varios meses que no sabía porque vivía, pero después de ese instante, de esa mirada de alegría, de la risa del primer hombre, la flor de aquel señor,  se dio cuenta de porque vivía.
-Enserio, así que sigue así y ya verás como pronto sales.
-Te adoro- y le dio un abrazo muy fuerte, ya no estaba tan débil como cuando entró en aquella sala.
-De nada, bueno tengo que seguir, luego si puedo me paso a verte.
-Gracias.
Ella se despidió con un beso y se giró para salir por la puerta. El pasillo estaba muy oscuro pero ella ya no tenía miedo de aquella oscuridad envolvente, como en los primeros días en ese hospital que era ahora su vida.

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