-Sé que las noticias vuelan.
Un pitido cortó el aire, el sonido procedía del termómetro, el chico levantó el brazo y la enfermera lo sacó de debajo de su brazo.
-Cuarenta, lo que me imaginaba, quedate quieto y voy corriendo a buscar al doctor.
-¿A dónde quieres que vaya?
-Vuelvo en seguida.
La enfermera salió corriendo de la habitación, el doctor Ramiro siempre estaba en la sala del café, así que allí se dirigió primero, sus pasos acelerados resonaban en el pasillo completamente vacío, decidió coger el ascensor que era más rápido, la enfermedad de aquel chico no era muy grave, no tenía que tener fiebre a no ser que tuviera una inflamación. El ascensor dio una sacudida en el cuearto piso, y salió corriendo hacia el final del pasillo para poder girar a la izquierda, no sabía porque corría por un poco de fiebre, pero lo que sí sabía era que no era muy normal y estaba muy preocupada con él, ese chico se había abierto emocionalmente a ella y no quería defraudarle. Notaba como la sangre corría por sus venas y el corazón iba muy deprisa. Patinó delante de la puerta y llamó antes de entrar,el doctor que la recibió no era el que esperaba, pero detrás puedo ver al que estaba buscando.
-Buenas,¿Doctor Ramiro, puedo hablar un momento contigo? Es sobre un paciente.
-¿Cuál?
-No lo sé, pero es el chico de quince años, habitación 309, planta tres.
-Ya sé cuál es.¿que le pasa?
-Tiene cuarenta de fiebre y sé que no es muy normal.
-No no lo es, vamos.
-Fueron con paso acelerado, llegaron a la habitación en siete minutos, y el chico estaba con temblores incontrolable.
El doctor se acercó al paciente rápidamente, sacó de su bolsillo izquierdo una linterna con la que apuntó a los ojos, las pupilas no estaban dilatadas, la enfermera mientras tanto por la vía del chico metía un calmante muscular, y algo que actuara contra la alta temperatura. El silencio se volvió extremo en esos últimos cinco minutos, que solo era cortado por las respiraciones.
-Ya esta mejor, tiene hipertensión, pero no sé porque tiene la temperatura tan alta, de momento vamos a dejarlo con relajantes y con antibióticos, quiero que vuelvas dentro de unos veinte minutos y si sigue así llamaremos a sus padres.
-De acuerdo.
Ambos salieros por la puerta de la sala, el doctro se dirigó a la parte opuesta, y la enfermera siguió adelante, la siguiente habitación, 311 era de un hombre adulto, cuarenta y cinco años, enfermedad del híagado precedente de la cantidad de alcohol consumido. Era un hombre extraño, retraído, cansado , mirada perdida, ese hombre también le había enseñado algo, el alcohol no era bueno y que muchas veces rendirse a lo imposible no está tan mal, la comodidad ante el dolor de tantos años es lo que más puedes alcanzar, pero también le había abierto los ojos a la realidad. Le debía muchas cosas ese señor. Llamó a la puerta y el olor de un cigarrillo le dio la bienvenida.
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